El retorno a lo esencial hacia una civilización del amor

 

En su mensaje para la Cuaresma del 2026, el Papa León XIV presenta este tiempo como un retorno a lo esencial: una invitación dirigida a la Iglesia para volver a poner a Dios en el centro de la vida y a dejarse transformar por la fuerza de su Palabra.Una Quaresima shutterstock 2123348624

Así escribe:

“La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas”.

La escucha de la Palabra

El primer paso es la escucha de la Palabra. Dios se revela como Aquel que habla y, cuando habla, no transmite simples informaciones, sino que crea.

El libro del Génesis lo muestra en aquel poderoso fresco en el que la luz surge mientras las cosas llegan a la existencia. Toda la historia de la salvación continúa esta narración: Dios interviene en la vida de un pueblo y lo llama a custodiar y transmitir las obras que su Palabra ha cumplido.

“Todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu”.

Pero el Papa recuerda que, si Dios habla, es también un Dios que escucha. Es quien oye el clamor de su pueblo y, precisamente por eso, el creyente está llamado a reconocer y a hacerse cargo de los clamores de sufrimiento e injusticia que atraviesan el mundo. Las Escrituras educan para una escucha más auténtica de la realidad, una escucha capaz de dar voz sobre todo a los pobres y a los oprimidos.

Ayunar con verdad

El Papa evoca una de las prácticas que la Iglesia propone para favorecer aquella conversión capaz de volver al hombre cada vez más hambriento de Dios. El ayuno no tiene nada que ver con la balanza: es una antigua disciplina que ayuda a discernir aquello de lo que realmente tenemos hambre y a purificar los deseos que, a menudo, se confunden o se dispersan. Es una forma de ascesis que devuelve la libertad interior, porque educa el corazón para no dejarse dominar por lo que pasa y abrirse a lo que permanece.

“El ayuno, entendido en este sentido, nos permite no sólo disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo, de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien”.Una Quaresima shutterstock 2275530709

El ayuno, como práctica consolidada, no encuentra su sentido en el simple cumplirlo: su valor auténtico no reside en el acto en sí mismo, sino en los frutos que genera. Por eso, recuerda el Papa, no es solo abstinencia de la comida, sino un ejercicio que ensancha el corazón, purifica los deseos y orienta al hombre hacia Dios y hacia el bien.

Como buen agustino, León XIV parece tener ante los ojos lo que el gran Padre de la Iglesia enseñaba: la conversión consiste en volver a poner el amor en su orden justo, orientándolo hacia su fin último, que es Dios. Significa reconocer a Dios como el bien supremo y aprender a amar todo lo demás con referencia a Él, sin absolutizar lo que es relativo ni perder de vista lo que verdaderamente salva[1].

En su enseñanza, Jesús no insiste tanto en el ayuno como práctica en sí misma, sino que lo propone a los suyos como signo de una ausencia (cf. Mt 9, 15), un gesto que remite al deseo del Esposo. Para ser auténtico, afirma León XIV, el ayuno debe vivirse con humildad y estar arraigado en la Palabra.

Impresiona su subrayado cuando invita a un ayuno muy concreto: abstenerse de las palabras que hieren —juicios apresurados, maledicencias, difamaciones— y cultivar, en cambio, la gentileza y la moderación en el hablar. Desarmar el lenguaje significa abrir la casa del ser al otro, permitiéndole entrar y encontrar un lugar en la parte más íntima de nosotros.

Caminar juntos

En su mensaje, el Papa León XIV invita a vivir la Cuaresma en una dimensión profundamente comunitaria; escucha y ayuno no son presentados solo como instrumentos de crecimiento personal, sino como caminos capaces de transformar las relaciones y la vida eclesial. Esta orientación se pone de manifiesto con claridad en varios pasajes del texto.

Las comunidades cristianas están llamadas a recorrer juntas este camino, dejándose guiar por la Palabra y escuchando el grito de los pobres y de la tierra. La conversión, de hecho, se refiere también a la calidad de las relaciones, a la capacidad de dialogar, de acoger al otro y de dejarse interpelar por la realidad que nos rodea.

Invitación final

Al final de su mensaje, el Papa invita a vivir la Cuaresma como un tiempo que haga tener más atento el oído a Dios y a los últimos.

Además, al terminar el documento, resuena una expresión entre las más queridas por el Magisterio contemporáneo, que ha atravesado varios pontificados y sigue indicando el horizonte hacia el que la Iglesia desea caminar. Desde que san Pablo VI la introdujo en el lenguaje eclesial, y fue retomada por san Juan Pablo II, Benedicto XVI y el Papa Francisco, la “civilización Una Quaresima shutterstock 2710609431del amor” se ha convertido en la síntesis de un proyecto espiritual y social. En ella se contempla una sociedad en la que la dignidad de cada persona es reconocida, la justicia y la misericordia se abrazan y la caridad regenera las relaciones.

Dice el Papa:

“Comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor”.

A cada uno de nosotros se nos pide que no hagamos caer en el olvido las exhortaciones del Papa, porque no son simples consejos espirituales, sino invitaciones concretas a renovar nuestra forma de vivir, de hablar y de convivir.

La Cuaresma que el Papa propone no es un ejercicio intimista, ni un camino reservado a los más fervientes, sino un tiempo en el que toda la comunidad cristiana está llamada a reencontrar lo esencial, a purificar el corazón y a hacer más humanas y fraternas las relaciones cotidianas.

(A cargo de Sandro Puliani)

 

 

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[1] Cf. Agustín, La ciudad de Dios, XV, 22; cf. también Comentarios a los Salmos, 121, 1.

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

 

22/03/2026