La resurrección de Jesús, plenitud de vida
Hay dos tipos de viaje que, más o menos, todos hacen en la vida: el primero se hace en el espacio, el segundo en el tiempo.
El viaje en el espacio y en el tiempo
El primero, el más sencillo, se caracteriza por un desplazamiento, diríamos, horizontal: es moverse de un lugar a otro, en
busca de novedades que ver y contar, ligadas sobre todo a la amenidad de los paisajes, a la historia que custodia un lugar, a los sentimientos que este tipo de aventura crea en el alma humana y que luego formarán parte de tantos recuerdos.
En la historia de la humanidad, el viaje ha adquirido también el carácter de un desafío contra lo desconocido, contra las fuerzas de la naturaleza, o de una aventura en busca de nuevas tierras.
Pensemos, por ejemplo, en la mitología, en la Odisea de Homero, con Ulises como protagonista, y en el viaje de Colón, en el que el deseo de poder y riqueza se une a la capacidad del hombre de concebir un mundo nuevo, abriendo así el camino a la modernidad.
En este tipo de viaje hay una ida y una vuelta y, generalmente, termina con el relato de lo que se ha visto, hecho y vivido.
El segundo viaje, aquel en el tiempo, es mucho más complicado y comprometedor, y está compuesto por la sola ida: independientemente de la condición social y de las diferentes oportunidades, es un viaje que todos hacemos y que termina, aparentemente, en una calle sin salida.
No estamos hablando de la posibilidad de subirnos a quién sabe qué máquina mágica para volver al pasado o lanzarnos al futuro. Nos referimos, en cambio, a ese viaje por etapas ineludibles que son el nacer, el crecer, el madurar, el envejecer y, finalmente, el morir. Volver atrás es imposible.
Solo quien sabe despojar la vida de su naturaleza cíclica entendida como destino fatal, puede ver, en este tipo de viaje, no una calle sin salida, sino el último cambio hacia un nuevo y definitivo destino.
Es el viaje de la fe en Cristo Jesús, el único que ha hablado de la resurrección, de una vida que no tiene fin y que se sumerge en la eternidad.
El viaje de Jesús a Jerusalén
También Jesús viajó. En todos los Evangelios, pero sobre todo en aquel según Lucas, se destaca este aspecto: toda la vida de Jesús es un itinerario para llegar a Jerusalén. Es en Jerusalén donde se cumplirá el misterio más grande de la historia de la humanidad: la celebración de la Pascua cristiana, que había comenzado con otro gran viaje, el de la huida del pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto.
El camino de Jesús no está marcado solo por etapas geográficas, sino sobre todo por encuentros que revelan la plenitud del tiempo: un tiempo vivido como relación. A lo largo del camino se acercará al leproso, al paralítico, al marginado, a la mujer pecadora y a todos aquellos que esperan ser alcanzados por una mirada que devuelve la dignidad. Jesús se detendrá cuando se haya encontrado consigo mismo, ese hombre nuevo que prometió ser, para cumplir su misión de redención. Y
llega a la última cita con la humanidad que siempre ha buscado diciendo: “Todo está cumplido”.
Jesús es el Camino
En este recorrido, Jesús está mostrando a los discípulos cuál es el camino que deben seguir. Y a quien, en la Última Cena, le dice que no conoce ese camino, Jesús le dirá: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6).
No se trata de una afirmación abstracta o filosófica. Cuando Jesús dice que él es el camino, y que los discípulos conocen ese camino, sabe exactamente a qué se refiere. Acababa de realizar el gesto del lavatorio de los pies y había indicado precisamente en ese servicio –dirigido a los demás, a los más pequeños– el único modo auténtico de seguirlo. Es ahí donde el camino se hace concreto: en inclinarse, en servir, en entregarse como don.
Así Giuseppe Dossetti comenta ese gesto de la Última Cena:
“Jesús se levanta de la mesa. Hasta ese momento, Jesús había presidido la cena; es evidente que es el jefe de familia, es evidente que es el Señor y el Maestro quien se levanta de la cena. ¿Para hacer qué? ¿Otro acto de señoría y autoridad? No. Para transformarse, improvisadamente, en siervo, hasta tal punto que ningún judío habría podido aceptar de alguien de su propia sangre el servicio que él estaba a punto de prestar a los apóstoles, porque el lavar los pies solo lo podía hacer el siervo no judío. Y es por eso por lo que Pedro se rehúsa. … Nosotros podemos entrar en comunión con Él y convertirnos en sus consanguíneos solo a condición de acoger el ejemplo (“Si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también ustedes debéis lavaros los pies los unos a los otros” [Jn 13, 14])”[1].
Recorrer ese camino es la única posibilidad de no detenerse en esa calle sin salida que parece marcar el final de la existencia
terrenal. Es precisamente allí, por el contrario, donde puede producirse el cambio decisivo: el paso necesario para continuar el camino más allá de lo que parece una conclusión.
El amor hace eterna la vida, no solo por su duración, sino sobre todo por su calidad.
El último viaje de Jesús
El último viaje, sin embargo, Jesús lo realiza subiendo al Calvario, llevando sobre sus hombros el peso de la cruz. Si todo su recorrido había sido orientado a llegar a Jerusalén, ahora la conclusión de su camino terrenal –como para todos los profetas perseguidos– no tiene lugar dentro de la ciudad, sino fuera de sus murallas.
Esta simple observación –Jesús que muere fuera de la ciudad santa– abre una perspectiva decisiva, un verdadero punto de no retorno. Precisamente allí, donde el Santo es excluido del lugar santo, la espera de los pueblos se abre de par en par y la salvación demuele todos los recintos. El amor de la Cruz, ya no circunscrito a un perímetro sagrado, se revela como un amor sin límites, universal.
Dossetti dice aún:
“Mañana, día de espera de la resurrección del Señor, mientras el cuerpo de Cristo está bajo tierra y, por lo tanto, fuera de la vista de los hombres, llegaremos a comprender mejor cómo debe ser la universalidad de nuestro amor y cómo no se puede decir que hemos encontrado verdaderamente a Dios hasta que nuestro amor se haya dilatado a una comunión universal con todos los hombres y con todas las criaturas”[2].
Pascua de resurrección
Así pues, hemos llegado al final del camino, que, sin embargo, continúa porque aún no se ha completado en cada uno.
Continúa en la liturgia, que asume la forma de una presencia eterna del Señor en medio de nosotros, y en la caridad que nos hace vivir del don recibido y celebrado.
Dossetti añade, con su habitual profundidad:
“Todo el día de Pascua está impregnado de la presencia del Señor: su vida de resucitado, que estalló en el misterio de la noche, se manifiesta a través de la sucesión de las apariciones durante toda la jornada; el Señor ha continuado durante todo el día de Pascua celebrando una liturgia incesante, una liturgia de la Palabra, que ha durado toda la noche y todo el día, en cierto sentido, y que se ha prolongado hasta la tarde. Y así, también nosotros celebramos ahora una segunda sinaxis en la escucha de la palabra de Dios y en la celebración de la Eucaristía, después de la que hemos celebrado esta noche: hay una progresión que el Señor mismo realizó en este día santo y sigue realizando. Por lo tanto, lo que estamos haciendo no es simplemente una repetición, sino un desarrollo de intensidad del revelarse de la presencia del Señor”[3].
Nuestra fe en el Señor resucitado nos permite mirar nuestro camino en el espacio y en el tiempo no como un recorrido destinado a extinguirse, sino como un paso que introduce a la vida: una vida colmada de una presencia viva, la de Cristo resucitado, el único capaz de transformar nuestro viaje terrenal en un destino que no conoce ocaso, dándole un valor de eternidad.
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[1] G. Dossetti, Giovedì Santo. Omelia in Coena Domini (11 aprile 1974), en Omelie e Istruzioni pasquali, 1968-1974, Edizioni Paoline, Milano 2005, 236.
[2] G. Dossetti, Venerdì Santo. Istruzione a Mattutino (31 marzo 1972), en Omelie e Istruzioni pasquali…, 171.
[3] G. Dossetti, Pasqua di Risurrezione. Omelia della Messa del giorno (29 marzo 1970), en Omelie e Istruzioni pasquali…, 98-99.
(Traducido del italiano por Luigi Moretti)
31/03/2026