La parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí, las escuelas y las familias

 Primera parte

 

El eclipse del padre

El miedo de prohibir que se constata hoy día manifiesta, en particular, la crisis de la figura del padre. Son numerosos los psicólogos y los educadores que identifican en la ausencia del padre uno de los rasgos característicos de nuestra sociedad. Una falta que es la del principio de autoridad, de la toma de conciencia del límite, de la finitud, es decir, de la conciencia de la inevitable desproporción entre deseos y concretizaciones, de la diferencia que siempre permanecerá entre aspiraciones y realidad. Pero la vida es aceptación del límite, está llena de asperezas y resistencias que continuamente dicen “no” al individuo, lo inducen a comprender que no es el centro del universo, que debe aprender a vivir con los demás y a apreciar adecuadamente el valor de las cosas: no caen del cielo, sino que son el fruto del sacrificio de los padres.

Uno de los riesgos de esta “muerte del padre”, por volver a tomar la expresión de varios pensadores contemporáneos, es que la pareja madre-hijo forme un vínculo demasiado estrecho, carente de una sana separación. Y el psicoanálisis enseña que solo cuando el niño se dé cuenta de que la madre no está a su completa disposición, puede empezar autónomamente, de manera correcta, el viaje en el mundo externo.

Quien no tuvo un verdadero padre, inevitablemente se lo fabricará: lo que inspira orden, autoridad, seguridad, respeto a la tradición, se convertirá en un subrogado de la figura del padre. Y frecuentemente la persona que se crea al padre que no tuvo será una persona rígida, que exigirá obediencia de todos, incapaz de interactuar correctamente con el entorno que lo rodea.

De hecho, en el Paraguay muchos niños son criados por la que se llama madre soltera, cargada de la doble función de padre y de madre. Por cuanta admiración que se pueda tener por la fuerza con que estas mujeres se hacen cargo de sus hijos, se queda el hecho de que la madre no es el padre, así como no puede ser la mejor amiga de su hija. Los padres deben tener identidades bien definidas.

Al miedo de prohibir, se le añade, para los padres, una segunda dificultad: la de sustraerse a sus responsabilidades, autoexcluyéndose de la educación de los hijos.

Este es un problema que ha sido enfocado con precisión por el Papa Francisco:

“Se han multiplicado los así llamados ‘expertos’, que han ocupado el papel de los padres, incluso en los aspectos más íntimos de la educación. En relación a la vida afectiva, la personalidad y el desarrollo, los derechos y los deberes, los ‘expertos’ lo saben todo: objetivos, motivaciones, técnicas. Y los padres solo deben escuchar, aprender y adaptarse. Privados de su papel, a menudo llegan a ser excesivamente aprensivos y posesivos con sus hijos, hasta no corregirlos nunca: ‘Tú no puedes corregir al hijo’. Tienden a confiarlos cada vez más a los ‘expertos’, incluso en los aspectos más delicados y personales de su vida, ubicándose ellos mismos en un rincón; y así los padres hoy corren el riesgo de autoexcluirse de la vida de sus hijos. … Es evidente que este planteamiento no es bueno: no es armónico, no es dialógico, y en lugar de favorecer la colaboración entre la familia y las demás entidades educativas, las escuelas, los gimnasios... las enfrenta”[1].

A los padres la Iglesia les repite que los primeros responsables de los hijos son ellos, no los expertos, la escuela, el Estado o la Iglesia. En la visión cristiana, la familia –de institución divina, como afirma repetidamente la Gaudium et spes– precede al Estado, a la sociedad, a la escuela, que son instituciones humanas. Otras instituciones o agencias, con respecto a la familia, tienen solo una función subsidiaria, pero la responsabilidad permanece de los padres, quienes no pueden delegarla o descargarse de ella. A ellos les pertenece la primera y fundamental educación, la que no se transmite tanto con las palabras, sino más bien con el ejemplo y los estilos de vida, y que permanece inscrita en el corazón hasta el final de la vida.

Son los padres quienes tienen la experiencia primera, la del amor: ellos son los verdaderos expertos. Psicólogos, sociólogos, comunicadores, terapeutas, etc., son muy útiles, pero la experiencia más grande es la del amor, y es lógico esperar que los padres sean los primeros en amar, y por tanto en la condición más adecuada para enseñar, abriendo no un texto cualquiera, sino el libro de su misma experiencia, escrito con sangre, sudor y lágrimas.

Por otra parte, que la función de la familia es imprescindible lo saben los profesores mismos, puestos a prueba por las dificultades que encuentran, cuando tienen que ver con jóvenes a quienes falta una familia que los sostenga adecuadamente.

Los docentes

También la enseñanza atraviesa una crisis.

Cada vez más frecuentemente ocurre que, si un profesor –pero también un entrenador, un catequista, un vecino– amonesta a un niño o a un adolescente, tiene que arreglárselas con los padres, quienes lo acusan de incapacidad o de mentir.

Es lo que señala el mismo Papa Francisco, en una audiencia a algunos educadores, haciendo referencia también a unos recuerdos personales:

“Una vez, en cuarto grado, le falté al respeto a la maestra, y la maestra mandó llamar a mi mamá. Vino mi mamá, yo me quedé en la clase, la maestra salió. Y después me llamaron, y mi mamá muy tranquila –yo temía lo peor, ¿no?– me dijo: –¿Vos hiciste esto y esto y esto? ¿Le dijiste esto a la maestra? –Sí. –Pedile perdón. Y me hizo pedirle perdón delante de ella. Yo quedé feliz. Me salió fácil. El segundo acto fue cuando llegué a casa. Hoy día, al menos en tantas escuelas de mi patria, una maestra pone una observación en el cuaderno del chico y al día siguiente tiene al padre o a la madre denunciando a la maestra”[2].

La nota baja, la suspensión, el reproche se experimentan como un juicio negativo sobre la capacidad de ser padres y madres, sobre todo cuando el hijo está cargado de grandes expectativas por los padres, quienes ya ven en él un profesional admirado o una futura estrella del deporte o del espectáculo.

En aquel momento, las familias acusan a los docentes de no comprender a los muchachos y de trabajar mal, o poco.

Además de estar acusados, los profesores están también mal pagados. Es fácil, a este propósito, caer en la vacía retórica de proclamar que la enseñanza es una vocación y una misión. Esta es una frase que se utiliza con respecto a muchas profesiones, cuando no se les quiere dar el justo reconocimiento económico. La enseñanza es una profesión que debe ser ejercida con aquella competencia y preparación, que se puede adquirir solo disponiendo de los medios necesarios, también pecuniarios. Es justo, pues, que los docentes reciban un sueldo que les permita trabajar con seriedad y profesionalidad, especializándose para mantener el paso con los tiempos. Pero, inversamente, no pueden pretender un sueldo alto si no están preparados.

Juntos, padres y docentes tienen que pedir que el Estado asigne más recursos a la escuela, porque la tentación perenne es la de gobernar con panem et circenses, un poco de prebendas y asistencialismo y mucha diversión de baja calidad, que fundamentalmente es una digresión. Son necesarios laboratorios científicos y lingüísticos, una profesionalidad adecuada al mercado del trabajo, fuentes de trabajo, posibilidad de insertarse en los nuevos escenarios de la globalización.

La familia necesita la escuela, porque es inimaginable que pueda desarrollar, por sí sola, toda la tarea de la educación. Y debe poder tener confianza en la escuela: una confianza que nace cuando los docentes demuestran que son conscientes de que en sus manos tienen una vida preciosa, única, irrepetible.

Iglesia y escuela

La Iglesia quiere cooperar con la escuela, porque la función de la escuela es la de mostrar el camino hacia la verdad: la verdad de la física, de la historia, del lenguaje. Tenemos que saber utilizar el lenguaje que, como decía Heidegger, uno de los máximos filósofos del siglo XX, es “la casa del Ser” en la cual habitamos. La escuela enseña la exactitud del lenguaje y permite así construir relaciones correctas. La babel del lenguaje, la confusión, el recurrir siempre a expresiones justificativas como “quería decir”, “entendía”, “para mí”, hacen imposible el diálogo y la vida en común. La misma violencia nace, frecuentemente, de la incapacidad de expresarse: es el recurso a un lenguaje primordial, de una rudeza primitiva.

Sin dominio del lenguaje, la Iglesia se reduce a sobrevivir míseramente. Pero no es la tarea de la Iglesia enseñar a expresarse, ni tampoco difundir las leyes de la biología o de la economía. Para hacer esto existe la escuela, que por su naturaleza aspira a ser cada vez más un auténtico santuario de la verdad, en el cual se habla la lengua universal de la inteligencia. Su misión es la de desarrollar la racionalidad y la voluntad.

De hecho, una vida sinceramente cristiana tiene que trascurrir entre El amor a las letras y el deseo de Dios, como dice el título de un clásico de la historiografía, grandioso fresco de la civilización medieval. Y, en la gran expansión de la Iglesia del Ochocientos y Novecientos, la fundación de las misiones siempre se ha acompañado a la construcción de escuelas (y hospitales) cerca de las iglesias.

(A cargo de Michele Chiappo)

(Continúa)

 

 

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[1] Papa Francisco, Audiencia general (20 de mayo de 2015).

[2] Papa Francisco, Discurso a los participantes en el encuentro mundial de los Directores de “Scholas Occurrentes” (4 de septiembre de 2014).

 

(Traducido del italiano por Luigi Moretti)

 

 

20/02/2024