Fundamentos bíblicos
Tomando como punto de partida la parroquia de Ypacaraí dedicada al Sagrado Corazón de Jesús, donde el P. Emilio Grasso trabaja, y aprovechando un momento fuerte de la vida de la comunidad parroquial, el novenario de la fiesta patronal, el P. Emilio desarrolló, durante la predicación de hace unos años, el tema del Corazón de Jesús. Insertó este tema en el mosaico de la religiosidad popular, precioso tesoro de la Iglesia católica en América Latina, que se debe proteger, promover y, en lo que fuera necesario, también purificar.
Queremos ofrecer a nuestros lectores esta reflexión, que será propuesta en varias partes, y fue publicada en el “Cuaderno de Pastoral” n.º 20.
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El Sagrado Corazón de Jesús es una expresión de la devoción católica que indica el amor de Cristo para todos los hombres. Esta devoción se difundió por obra de san Juan Eudes (1601-1680), pero sobre todo de santa Margarita María Alacoque (1647-1690) que,
a raíz de algunas visiones, recomendó a los cristianos la práctica de los primeros viernes del mes. Pío IX, en 1856, instituyó para toda la Iglesia la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, que se celebra el tercer viernes después de Pentecostés (cf. P. Petrosillo, El Cristianismo de la A a la Z. Léxico de la fe cristiana).
El tema del Sagrado Corazón es esencialmente bíblico. Su fundamento se encuentra tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.
“En la Biblia, el corazón encierra en sí toda la plenitud de la vida espiritual que debe abrazar al hombre entero, con todas sus facultades y todas sus actividades: es en él donde mora la fidelidad del Señor” (T. Špidlík, La espiritualidad del Oriente cristiano).
Leyendo la Sagrada Escritura en una óptica de unidad, en una lectura canónica, es decir según unas normas, no tomando solo los versículos que nos gustan y dejando de lado los otros, nos damos cuenta de que la palabra corazón está repetida en la Biblia más de mil veces. Esto indica la importancia y el valor en la Tradición de la Iglesia de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, que no es una devoción más, sino el centro profundo de la vida cristiana, con su origen en la Escritura, en la misma palabra de Dios. De manera que, como afirma Benedicto XVI, el símbolo del “corazón traspasado” es imprescindible para la relación viva con Dios.
“Así pues, la contemplación del ‘costado traspasado por la lanza’, en el que resplandece la ilimitada voluntad salvífica por parte de Dios, no puede considerarse como una forma pasajera de culto o de devoción: la adoración del amor de Dios, que ha encontrado en el símbolo del ‘corazón traspasado’ su expresión histórico-devocional, sigue siendo imprescindible para una relación viva con Dios” (Benedicto XVI, Carta al Prepósito General de la Compañía de Jesús en el 50.º aniversario de la encíclica Haurietis aquas, 15 de mayo de 2006).
Este criterio de una lectura bíblica unitaria permite conectar los varios pasajes bíblicos en los que se habla del corazón. En nuestro recorrido, pues, empezamos por un pasaje de los Hechos de los Apóstoles, que describe el momento en que, después de la muerte de Judas, los apóstoles tuvieron que elegir a uno que lo sustituyera. Aquí se menciona el corazón como el centro que solo Dios conoce. En efecto, los que tienen que escoger, primero rezan y luego se dirigen así al Señor:
“Tú, Señor, conoces el corazón de todos. Muéstranos a cuál de los dos has elegido” (He 1, 24).
La antropología bíblica indica quién es el hombre según la palabra de Dios, y muestra que su realidad más profunda es el corazón, como centro de toda su vida, no en el sentido físico, anatómico, sino en su significado espiritual.
El corazón, según la Sagrada Escritura, revela el centro de la vida intelectual y afectiva, de donde brotan todos los pensamientos de la persona.
“El corazón mantiene la energía de todas las fuerzas del alma y del cuerpo. ... Él es mi yo, es la fuente de los actos humanos, el foco de todas las fuerzas humanas, las del espíritu, del alma, de las fuerzas animales y corporales. ... Principio de la unidad de la persona, el corazón da también una estabilidad a la multiplicidad de los momentos sucesivos de la vida” (T. Špidlík, La espiritualidad del Oriente cristiano).
La circuncisión del corazón
Los judíos recibieron, como signo de la alianza de Dios, la circuncisión, que era un pequeño corte en el prepucio.
“Dijo Dios a Abrahán: ‘Guarda mi alianza, tú y tus descendientes después de ti, de generación en generación. Esta es mi alianza contigo y con tu raza después de ti, que ustedes deberán guardar: todo varón entre ustedes será circuncidado. Ustedes cortarán el prepucio y esta será la señal de la alianza entre yo y ustedes’” (Gén 17, 9-11).
La circuncisión
“(del latín circumcisio) es la extirpación total o parcial del prepucio. Muy difundida en diversos pueblos, tiene un significado religioso completamente particular sobre todo entre árabes y judíos. La mayor difusión de la circuncisión se debe a la religión islámica, de la que es un signo distintivo; si bien el Corán no la nombra, los documentos del hadit (‘tradición’) tratan de ella repetidamente. Entre los hebreos, la circuncisión constituye el rito de la alianza con el Señor, signo de la pertenencia al pueblo judío; es ejecutada ocho días después del nacimiento” (P. Petrosillo, El Cristianismo de la A a la Z. Léxico de la fe cristiana).
Pero Israel fue comprendiendo cada vez más que no era suficiente una religión exterior, y que la circuncisión debía realizarse en el corazón. Lo que hacía la diferencia no era la señal física, sino la que se operaba en el interior del hombre. Se comprendió que ser judío era una verdad íntima que tenía relación con el corazón:
“Precisamente porque su naturaleza es amor, y toda su obra es continua revelación de amor, Dios pide al hombre un culto, o mejor, una religión basada sobre todo en el amor: ‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas; y al prójimo como a ti mismo’ (cf. Dt 6, 4ss; Mt 22, 37; 1Jn 4, 7-8). Este amor, que Dios en el Antiguo Testamento y Jesucristo en el Nuevo Testamento exigen al hombre, no debe ser amor a flor de labios, manifestado solo con palabras, sino un amor auténtico, vivido en profundidad, al nivel del ‘corazón’, entendido en sentido bíblico. A dicho nivel Dios quiere descender para tomar posesión plena de la persona y entablar con el hombre una alianza eterna, ‘basada y enraizada en la caridad’ (Ef 3, 17)” [A. Tessarolo, Corazón de Jesús (devoción al), en Diccionario de Espiritualidad. Dirigido por E. Ancilli, I].
San Pablo afirma esta verdad, diciendo que no es un simple corte el que constituye la pertenencia al pueblo judío; por el contrario, es esa pequeña herida que solo Dios sabe apreciar y queda escondida a los ojos de los hombres.
“Porque lo que a uno lo hace judío no es algo exterior, y la circuncisión real no es la que está hecha en el cuerpo. Ser judío es una realidad íntima, y la circuncisión debe ser la del corazón, obra espiritual y no cuestión de leyes escritas. No es algo que puedan valorar los hombres, sino solo Dios” (Rom 2, 28-29).
Para los semitas, el pueblo hebraico, el de la Antigua Alianza, el pueblo de Israel –y los cristianos tienen raíces semitas– la palabra corazón, como se ha dicho antes, es sobre todo la sede, el centro del pensamiento, de la vida intelectual. Hombre de corazón significa también hombre prudente, sabio.
Para la mentalidad semítica, un hombre que tiene corazón es un sabio, que comprende y ha desarrollado las capacidades intelectuales. En cambio, carecer de corazón quiere decir estar privado de la inteligencia; bíblicamente es la misma cosa que decir ser tonto, no por falta de inteligencia, sino por ausencia de corazón.
El que comprende y lee la realidad es el corazón. Un hombre que no lo tiene, no penetra la realidad, porque es a través de él que llega a su conocimiento. Para el hebreo, con el corazón se comprende, se reflexiona, se razona, se hacen proyectos, se actúa. Lo que se llama inteligencia sigue la actividad del corazón, en el que está la sede de los recuerdos, de la conciencia, de las decisiones, es decir de la responsabilidad. El corazón, bíblicamente, es el eje de la vida moral, de la opción libre del bien y del mal. Es el centro de la decisión, de la plena responsabilidad donde se obra la conversión. En el corazón están el temor, la reverencia, la fidelidad, la obediencia, el amor total a Dios y su misteriosa presencia.
En el Antiguo Testamento, donde se encuentra el pensamiento semita, y en el Nuevo Testamento, donde se agrega también el pensamiento griego, la alegría, el dolor, el miedo, el deseo nacen del corazón. Todo tiene su sede en él. “Decir en su corazón”, indica pensar; “subir al corazón”, significa venir al pensamiento. Es, por tanto, de allí de donde sale todo. El corazón, pues, es el yo del hombre.
“El corazón es la morada donde yo estoy, o donde yo habito (según la expresión semítica o bíblica: donde yo ‘me adentro’). Es nuestro centro escondido, inaprensible, ni por nuestra razón ni por la de nadie; solo el Espíritu de Dios puede sondearlo y conocerlo. Es el lugar de la decisión, en lo más profundo de nuestras tendencias psíquicas. Es el lugar de la verdad, allí donde elegimos entre la vida y la muerte. Es el lugar del encuentro, ya que a imagen de Dios, vivimos en relación: es el lugar de la Alianza” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2563).
Emilio Grasso, El Sagrado Corazón de Jesús, plenitud de Amor y de Verdad,
Centro de Estudios Redemptor hominis (Cuadernos de Pastoral 20),
San Lorenzo (Paraguay) 2008, 5-9.
(Continúa)
22/06/2024