De la interioridad a la comunidad: del Sagrado Corazón de Jesús nace la Iglesia

Segunda parte

 

“Como era el día de la Preparación de la Pascua, los judíos no querían que los cuerpos quedaran en la cruz durante el sábado, pues aquel sábado era un día muy solemne. Pidieron a Pilato que hiciera quebrar las piernas a los crucificados y retiraran los cuerpos. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas de los dos que habían sido crucificados con Jesús. Pero al llegar a Jesús vieron que ya estaba muerto, y no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le abrió el costado con la lanza, y al instante salieron sangre y agua” (Jn 19, 31-34).

El Evangelio según san Juan se debe comprender en su simbolismo, donde más allá de las palabras hay un profundo significado. Por eso, es importante el conocimiento de la Sagrada Escritura y de la visión que tenía Juan. En esta perspectiva, la pasión de Jesús es el cumplimiento de la promesa, porque Él es la Víctima Pascual que sustituye al cordero, que los hebreos consumían durante la noche de la Pascua. Este cordero tenía que ser intacto, sin los huesos quebrados.

“Ustedes escogerán un corderito sin defecto, macho, nacido en el año. En lugar de un cordero podrán tomar también un cabrito. Ustedes lo reservarán hasta el día catorce de este mes. Entonces toda la comunidad de Israel lo sacrificará al anochecer. En cada casa en que lo coman ustedes tomarán de su sangre para untar los postes y la parte superior de la puerta. Esa misma noche comerán la carne asada al fuego; la comerán con panes sin levadura y con verduras amargas” (Ex 12, 5-8).

En este sentido, Jesús crucificado, al que no se le quiebran los huesos, es el nuevo cordero intacto. Sin embargo, una lanza le traspasa el costado, de donde salen sangre y agua. Estos dos elementos, según el Evangelio de san Juan, tienen también un significado simbólico.

Con la sangre del cordero los hebreos rociaron los postes superiores de sus casas, como señal de salvación de la plaga que el Señor envió al país de Egipto.

“Durante esa noche, yo recorreré el país de Egipto y daré muerte a todos los primogénitos de Egipto, tanto de los egipcios como de sus animales; y demostraré a todos los dioses de Egipto quién soy yo, el Señor. En las casas donde están ustedes la sangre tendrá valor de señal: al ver esta sangre, yo pasaré de largo, y la plaga no los alcanzará mientras golpeo a Egipto. Ustedes harán recuerdo de este día año tras año, y lo celebrarán con una fiesta en honor al Señor. Este rito es para siempre: los descendientes de ustedes no dejarán de celebrar este día” (Ex 12, 12-14).

La sangre y el agua indican los sacramentos que constituyen a la Iglesia: la sangre, la Eucaristía y el agua, el Bautismo. Por eso, la salida de sangre y agua del Corazón de Jesús simboliza el nacimiento de la Iglesia, que se origina de aquel Corazón traspasado de Jesús, del que proviene la nueva Eva.

“La Iglesia ha nacido principalmente del don total de Cristo por nuestra salvación, anticipado en la institución de la Eucaristía y realizado en la Cruz. El agua y la sangre que brotan del costado abierto de Jesús crucificado son signo de este comienzo y crecimiento. Pues del costado de Cristo dormido en la cruz nació el sacramento admirable de toda la Iglesia. Del mismo modo que Eva fue formada del costado de Adán adormecido, así la Iglesia nació del corazón traspasado de Cristo muerto en la Cruz” (Catecismo de la Iglesia Católica, 766).

Por lo tanto, de aquí se deriva la importancia de amar al Corazón de Jesús, capaz de conmoverse, de mirar al hombre y desear su salvación. El Corazón de Jesús está herido y tocado por la espada de la maldad del hombre, y muere por cada uno y por todos los hombres.

“Los padres de la Iglesia y los místicos medievales no podían dejar de sacar conclusiones de esa doble observación del apóstol Juan, descubriendo en el corazón de Cristo no solo la fuente de la gracia, sino también el santuario del amor. El costado abierto de Cristo, dice ya san Agustín, es la puerta de la vida. … La herida del costado era, naturalmente, la puerta abierta; el corazón era la meta, el santuario escondido donde hallar el amor, darse a él, para vivir en la caridad” (cf. A. Tessarolo, Corazón de Jesús [devoción al], en Diccionario de Espiritualidad. Dirigido por E. Ancilli, I).

Un corazón traspasado y un amor humano

Jesús ha amado a todos, pero a cada uno particularmente como único. Nos ha amado con un amor divino y al mismo tiempo plenamente humano, revelando que Él tiene un corazón verdaderamente humano.

Esa nueva perspectiva espiritual, por la que la Iglesia, de esposa que sale del costado herido se convierte en la esposa que se acerca en adoración a la herida del costado para apagar su sed en la fuente del amor, va madurando casi insensiblemente a comienzos del segundo milenio. Primero, apunta solo en algún testimonio aislado, luego se acentúan determinados filones de espiritualidad, en los que confluyen otras imágenes y otros valores, como, por ejemplo, una mayor consideración de la santa humanidad de Cristo (cf. A. Tessarolo, Corazón de Jesús [devoción al], en Diccionario de Espiritualidad. Dirigido por E. Ancilli, I).

Esta consideración tiene una importancia fundamental en el proceso pedagógico, en la catequesis, en la relación con los demás. El amor debe ser como el de Cristo Jesús, un amor verdaderamente humano. ¡Cuántas veces se olvida el aspecto de la humanidad, que está hecha por tantas cosas sencillas y pequeñas, que revelan la profunda sensibilidad de una persona! No se puede hablar de Dios, si no se sabe hablar de cosas concretas, simples y materiales. No se puede hablar de la Eucaristía, el pan bajado del cielo, si no se sabe hablar del pan del hombre. Por eso, hay que poner cuidado en no separar lo que es divino de lo que es humano.

En este sentido, Teófilo de Antioquía, a quien le preguntaba: “Muéstrame a tu Dios”, contestaba: “Muéstrame primero qué tal sea tu persona”.

“Si tú me dices: ‘Muéstrame a tu Dios’, yo te responderé: ‘Muéstrame primero qué tal sea tu persona’, y entonces te mostraré a mi Dios. Muéstrame primero si los ojos de tu mente ven, si los oídos de tu corazón oyen. Del mismo modo, en efecto, que los que gozan de la visión corporal perciben lo que sucede aquí en la tierra y examinan las cosas opuestas entre sí –como son la luz y las tinieblas, lo blanco y lo negro, lo deforme y lo hermoso, lo proporcionado y lo que no lo es, lo mesurado y lo desmesurado, lo que rebasa sus límites y lo que es incompleto–, y lo mismo podemos decir con respecto a lo que es objeto de audición –los sonidos agudos, graves, agradables–, así también acontece con los oídos del corazón y los ojos de la mente, con respecto a la visión de Dios. Efectivamente, Dios se deja ver de los que son capaces de verlo, porque tienen abiertos los ojos de la mente. Porque todos tienen ojos, pero algunos los tienen bañados en tinieblas y no pueden ver la luz del sol. Y no porque los ciegos no la vean deja por eso de brillar la luz solar, sino que ha de atribuirse esta oscuridad a su defecto de visión. Así tú tienes los ojos entenebrecidos por tus pecados y malas acciones. El alma del hombre debe ser nítida como un espejo reluciente. Cuando en un espejo hay herrumbre, no puede el hombre contemplar en él su rostro; del mismo modo, cuando hay pecado en el hombre, no puede este ver a Dios” (Teófilo de Antioquía, A Autólico).

Sin el Corazón de Jesús, nuestro corazón es incapaz de cosas humanas. Jesús, durante su vida, ha amado a todos personalmente y se ha entregado con un amor personal; no un amor anónimo en el que el individuo desaparece o baja la cabeza pasivamente sin participar en nada.

El corazón traspasado es, pues, el principal indicador de la calidad de nuestra fe. No es una devoción más, sino el centro y el símbolo de la fe, porque indica cómo el amor se ha donado totalmente sin tener miedo.

“Pero él me perdonó porque obraba de buena fe cuando me negaba a creer, y la gracia de nuestro Señor me invadió, junto con la fe y el amor que está en Cristo Jesús. Esto es muy cierto, y todos lo pueden creer, que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales soy yo el primero. Por esa razón fui perdonado” (1 Tim 1, 13-16).

La plenitud de la revelación de Jesús alcanza su cumbre en su agonía, en su pasión y muerte, en la que Jesús demuestra la verdad de su palabra no renegándola, sino dando su vida por amor.

“Jesús, durante su vida, su agonía y su pasión nos ha conocido y amado a todos y a cada uno de nosotros y se ha entregado porcada uno de nosotros: ‘El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí’ (Gál 2, 20). Nos ha amado a todos con un corazón humano. Por esta razón, el Sagrado Corazón de Jesús, traspasado por nuestros pecados y para nuestra salvación, ‘es considerado como el principal indicador y símbolo... del amor con que el divino Redentor ama continuamente al eterno Padre y a todos los hombres’ (Pio XII, enc. Haurietis aquas)” (Catecismo de la Iglesia Católica, 478).

Cada uno, con su nombre, su historia, su unicidad, su sueño, su corazón, su amor, puede tener una relación personal e íntima con el Señor y decir: “Él es mi Dios y me ama”, así como san Pablo afirma:

“Lo que vivo en mi carne, lo vivo con la fe: ahí tengo al Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí” (Gál 2, 20).

Este amor único y personal supone que no se pueda hacer confusión entre las personas. Una persona no es otra. Si no se hace esta distinción, no se ha comprendido lo que es la fuerza del Evangelio. Cada uno tiene derecho a su amor personal; tiene su pecado, su gracia, su belleza. Aquí está el problema de la identidad personal que, si no está solucionado, acarrea una crisis profunda en tantas personas. En realidad, si no sabemos quién nos ama, si no recibimos algo personal, perdemos nuestra identidad. No es suficiente ser buenos, si no se descubre este amor personal: uno puede ser muy bueno, pero esta bondad no interesa.

Que Dios exista es fundamental, pero lo que cambia al hombre es descubrir que Él existe para mí; es tener una experiencia de Dios.

Esta importancia y unicidad de la persona se refleja también en el lenguaje personal del Evangelio. La prueba de que Jesús es por excelencia el Hijo Único de Dios, es que Él hablaba como Dios mismo, hablando en primera persona: “Yo Soy” (Jn 8, 58).

El yo de Jesús se dirige hacia un “tú”:

“Y ahora yo te digo: Tú eres Pedro (o sea Piedra), y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16, 18).

El yo es el fundamento de toda la vida cristiana y no existe el nosotros sin el yo.

Un solo corazón y una sola alma

“La multitud de los fieles tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba como propios sus bienes, sino que todo lo tenían en común. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con gran poder, y aquel era para todos un tiempo de gracia sin igual” (He 4, 32-33).

En el libro de los Hechos, que presenta los acontecimientos más sobresalientes de la primera comunidad cristiana, la afirmación de que los fieles tenían un solo corazón y una sola alma indica cuál es la vocación de todos los cristianos: construir una comunidad unida.

“Un solo corazón y una sola alma” quiere decir un mismo proyecto, una misma acción, un mismo pensamiento. Esta idea está expresada primero según el pensamiento semita, y luego según el pensamiento griego.

“Se halla el curioso aparejamiento tautológico: ‘Cor unum et anima una: un solo corazón y una sola alma’ (He 4, 32). La perfecta unión de las personas que forman la comunidad de Jerusalén, primero se expresa con la fórmula hebrea: ser ‘un solo corazón’ (cf. Ez 11, 19); luego con el equivalente griego: ser ‘una sola alma’ (cf. Aristóteles, Ética a Nicómaco, IX, 82)” (B. Marchetti-Salvatori, Corazón, en Diccionario de Espiritualidad. Dirigido por E. Ancilli, I).

En efecto, los judíos aluden al corazón como centro de todo el pensamiento; en la concepción griega, que está reflejada sobre todo en el Nuevo Testamento y en algunos libros del Antiguo, por el contrario, no se habla de corazón, sino de alma. El término corazón, pues, viene de la cultura semítica, mientras que alma nos lleva a la cultura griega. Pero las dos expresiones indican una misma realidad, y en el pasaje bíblico citado antes se encuentran juntas, para indicar el mismo centro.

Jesús muere para que nazca una comunidad de hombres, que estén unidos en la libertad. Se trata de construir a partir de lo que libremente sale del corazón, lejos de una obediencia de cuartel y de la obligación a seguir ciertas leyes.

La Iglesia, don total de Cristo, no nace porque las personas se reúnen y realizan tantas actividades, charlas y encuentros, sino porque en el centro ponen la contemplación adorante de la Palabra y del Cuerpo del Señor.

Solo Dios crea la paz y la unión entre los hombres, como aconteció con la primera comunidad de los creyentes que tenía un solo corazón. En efecto, si se tiene un corazón de piedra y se lo pone junto a los demás, se colocan las piedras una al lado de otra y no se construye nada, porque es siempre la piedra más fuerte la que vence. De esta forma, se puede solamente destruir. Un corazón impuro, por ejemplo, pervierte cualquier razonamiento buscando justificarse y causa una guerra donde los unos acusan a los otros.

El corazón del hombre, por lo tanto, no construye. Sin embargo, si se pone en el centro el Corazón de Dios, es este el que debe hablar y todos tendrán que estar a su escucha. Nuestro corazón, entonces, debe cambiar según el Corazón de Jesús.

Emilio Grasso, El Sagrado Corazón de Jesús, plenitud de Amor y de Verdad,
Centro de Estudios Redemptor hominis (Cuadernos de Pastoral 20),
San Lorenzo (Paraguay) 2008, 20-27.

(Continúa)

 

 

 

30/06/2024