Del Sagrado Corazón a la misión

Tercera parte

 

El Corazón de Jesús está herido. Por eso, también el corazón de cada cristiano debe padecer como si tuviese una pequeña herida; no puede seguir como si nada lo tocara y lo cambiara. Tiene que transformarse en entrañas que saben llorar con los que lloran; sufrir con los que sufren; hacer propios los gozos y los sufrimientos de los demás; compartir la pasión del pueblo que vive a su alrededor.

El hombre, en efecto, no puede reducir su vida al intimismo, es decir, al ensimismamiento, al aislamiento, a la falta de relación, sino que debe abrirse a una auténtica vida interior, de la cual nazca una verdadera comunión con los demás.

“Todavía nos podemos hacer otra pregunta: ¿Qué nos da la fe en este Dios? La primera respuesta es: nos da una familia, la familia universal de Dios en la Iglesia católica. La fe nos libera del aislamiento del yo, porque nos lleva a la comunión: el encuentro con Dios es, en sí mismo y como tal, encuentro con los hermanos, un acto de convocación, de unificación, de responsabilidad hacia el otro y hacia los demás” (Benedicto XVI, Discurso inaugural de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, 13 de mayo de 2007).

En el Corazón de Jesús está toda la humanidad

Jesús muere por todos, por eso, no podemos oponer el amor personal por cada uno de nosotros al amor por toda la humanidad, porque en el Corazón de Jesús está toda la humanidad. Por consiguiente, la Iglesia, que nace del Corazón traspasado, es una Iglesia por su naturaleza misionera, que va hasta los últimos tiempos y los confines más lejanos de la tierra. Donde hay un hombre, cualquier hombre, allí está Dios; por lo tanto, debemos estar presentes también nosotros, relacionándonos de manera diferente con cada uno, para que todos reciban la salvación. Cada uno está llamado a abrir todas las puertas y ventanas de su corazón, y a ser capaz de vivir una pasión por toda la humanidad, muriendo de amor por ella.

La belleza de la Iglesia se encuentra en estos extremos confines, que no pueden restringirse, pues, a los de nuestra parroquia y de nuestra diócesis, y tampoco se reducen a la Iglesia de hoy, sino que van desde el justo Abel hasta el encuentro con el Cristo Resucitado que está en medio de nosotros.

“[El Padre Eterno] dispuso convocar a los creyentes en Cristo en la santa Iglesia. Esta aparece prefigurada ya desde el origen del mundo y preparada maravillosamente en la historia del pueblo de Israel y en la Antigua Alianza; se constituyó en los últimos tiempos, se manifestó por la efusión del Espíritu y llegará gloriosamente a su plenitud al final de los siglos. Entonces, como se lee en los Santos Padres, todos los justos, desde Adán, ‘desde el justo Abel hasta el último elegido’, se reunirán con el Padre en la Iglesia universal” (Lumen gentium, 2).

Por eso, es fundamental crear siempre horizontes amplios que dilaten nuestra mirada y ensanchen nuestro corazón. Nuestros ojos, nuestro deseo, nuestro amor tienen que dirigirse hacia los que están lejos. Concretamente, es importante la construcción de un proyecto comunitario en el que trabajen personas diferentes, porque la Iglesia no es una secta, sino que es de todos, porque es la esposa de Jesús, que ha dado su vida para que todos obtengan la salvación.

La Iglesia debe apuntar a ser cada vez más una Iglesia universal, para llegar al día en que nosotros, que hemos recibido la fe, vayamos luego a construir allá donde no hay nada. Mientras solo recibimos, no somos cristianos. Hay que ponerse también en la condición de dar. El amor es una capacidad de dar. En esta visión, no se puede propiamente decir que un hijo, que lo recibe todo de sus padres, ame. En verdad, él no ama; empieza a amar solo cuando empieza a dar. De la misma manera, hay que comprender que la Iglesia no es solo nuestra madre, sino también nuestra hija, de la que tenemos que cuidar, atendiendo a sus necesidades. No podemos servirnos de ella, sino que tenemos que servirla.

“La Iglesia es ‘católica’, porque ella, que encierra en sí el misterio de toda la verdad viva de Dios, está llamada por su misión a todo el mundo a comunicar esa verdad a toda criatura. La Iglesia no es, ni mucho menos, un enclave ‘santo’ dentro de un mundo profano e impío, sino que es el movimiento dispuesto por Dios para comunicar a todos los pueblos la salvación perfecta –el regalo de Dios que podemos recibir nosotros– en el Espíritu y el destino de Jesucristo, en su ‘omnímodo poder’ y en su presencia” (H.U. von Balthasar, Meditaciones sobre el Credo Apostólico).

Necesitamos un proceso de conversión, para comprender cada vez más que no es posible encontrar a Cristo Eucaristía, sin encontrarlo en la Iglesia Eucaristía. Sin Iglesia no hay Eucaristía, y sin Eucaristía no hay Iglesia.

En efecto, a Jesús, que es el único camino para acercarnos a Dios, no lo conocemos fuera del cuerpo de la Iglesia. Fuera de ella no hay la plenitud de Dios. Solo ella nos dona el Cuerpo de Jesús, cuando damos nuestra vida para recibir la suya, que es la vida misma de Dios.

Por todas estas razones, la Iglesia no puede ser transformada en un self-service, donde uno toma lo que quiere, sin participar ni construir. No es un bar, un restaurante o un supermercado, donde entramos cuando necesitamos algo.

Muchas veces, se separa lo que solamente se debe distinguir, y uno cree poder estar con Dios olvidando que Él no está lejos de los hombres, porque es Padre de toda la humanidad. De aquí se deriva la importancia de formar una mentalidad eclesial, que va más allá de las exigencias personales; de las preocupaciones por nuestra familia; de nuestras necesidades particulares. Al final, la vida de cada uno nos deberá pertenecer, porque la plenitud de la humanidad y de la divinidad están presentes en el Sagrado Corazón de Jesús, que no podemos encontrar sin sentirnos partícipes de toda la humanidad. No podemos mutilar a Jesús, afirmando que estamos con Él, si rechazamos la fatiga, la lucha y la dificultad que exige el encuentro con los demás. Debemos saber que en el Sagrado Corazón está mi yo, pero también tu yo, y todo el pueblo, ya sea el que vive cerca de nosotros, ya sea el que vive en otro continente y el que existirá en otro tiempo.

Construir una comunidad según el Corazón de Jesús

La reflexión sobre el significado del corazón conduce a fijarse en las relaciones fundamentales, que se deben tener con los demás y con nosotros mismos. Lastimosamente, se debe constatar que lo que cuenta, en la mayoría de los casos, es la apariencia: uno quiere mostrar ser lo que no es.

¡Cuántas veces, se busca salvar solo las apariencias y agradar a la muchedumbre! Para muchos, cuenta solo lo que es visible, no la verdad, sino el juicio de los hombres; lo que la gente desea que se diga y se afirme; lo que se quiere escuchar. Esto acontece en la familia, en la escuela y en otros ámbitos de la vida. Uno se calla cuando percibe que alguien no quiere escuchar un determinado discurso.

Se vive en la falsedad, en la mentira física, intelectual y afectiva, porque uno quiere mostrar lo que no es, lo que no tiene. Todo se transforma en un juego de apariencias, donde lo importante es lo que se ve. Este es un aspecto típico de la sociedad actual, donde los medios de comunicación ponen más de relieve la importancia de lo que se mira. Por lo tanto, el hombre actual difícilmente está acostumbrado a la lectura, sino más bien a la visualidad.

En el mundo contemporáneo, en efecto, todo tiene que pasar por la pantalla de los celulares y de la computadora. Los jóvenes de hoy viven en un universo visual, donde lo que cuenta no es lo que se escucha, sino lo que se mira. Esto crea gran dificultad, porque la fe católica nace de la escucha, y en ella el oído tiene una importancia fundamental.

“Ya hace tiempo que la civilización de la imagen ha reducido enormemente la escucha. Se imponen el ruido y la contaminación acústica, y el olvido del silencio como pérdida de la interioridad alimenta el olvido de la escucha” (G. Cicchese, Escucha, en Diccionario de Pastoral Vocacional, Ediciones Sígueme, Salamanca 2005, 416).

San Pablo declara que la fe deriva de la escucha y que la visión la tendremos solo en el más allá, después de la muerte.

Solo el hombre que muere ve a Dios. Por eso, la fe es una anticipación de Dios antes de la muerte.

Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Dios se deja contemplar por los que tienen el corazón purificado. Nadie ha visto jamás a Dios, dice san Juan; y Pablo confirma esta sentencia con aquellas palabras tan elevadas: A quien ningún hombre vio ni puede ver. Esta es aquella piedra leve, lisa y escarpada, que aparece como privada de todo sustentáculo y aguante intelectual; de ella afirmó también Moisés en sus decretos que era inaccesible, de manera que nuestra mente nunca puede acercarse a ella por más que se esfuerce en alcanzarla, ni puede nadie subir por sus laderas escarpadas, según aquella sentencia: Nadie puede ver al Señor y seguir viviendo. Y, sin embargo, la vida eterna consiste en ver a Dios” (Gregorio de Nisa, Homilía 6).

Al mismo tiempo, la fe pide una cierta forma de muerte, mientras que en esta época se quiere verlo todo, tocarlo todo, apoderarse de todo, y eso es imposible en la fe cristiana, porque la autenticidad del hombre no está en lo que se ve.

En esta situación, los cristianos deben estar a la escucha del Señor, cambiar su pensamiento según el criterio de Dios y, en cualquier elección de la vida, someter el propio juicio al discernimiento de Dios, que sabe lo que está en la interioridad profunda de cada uno.

“Pero tú, Señor de los Ejércitos, que pronuncias sentencias justas, conoces el corazón y las intenciones de los hombres; a ti he entregado mi causa y estaré presente cuando tú hagas justicia” (Jer 11, 20).El Sagrado Corazon de Jesus 4 4

En las acciones, es fundamental buscar el acuerdo entre lo que está en lo interior y en lo exterior, porque una obra buena que no corresponda a la interioridad no salva. Dios, en efecto, reprocha una ofrenda que no corresponda a la profundidad del hombre.

“Si tú estás para presentar tu ofrenda en el altar, y te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí mismo tu ofrenda ante el altar, y vete antes a hacer las paces con tu hermano; después vuelve y presenta tu ofrenda” (Mt 5, 23-24).

Hay que tener, pues, un corazón indiviso, donde no hay separación entre el yo más íntimo y lo que se realiza. En una comunidad, en una parroquia, las actividades salen bien cuando cada uno se pone en sintonía con la palabra pronunciada y la palabra vivida, y lo que se dice, se vive en todo su contenido. Mientras que no cambia nada cuando se afirma algo y luego se olvida lo que se ha declarado. Es, pues, un corazón indiviso el que construye.

Por eso, la circuncisión del corazón debe ser espiritual. Y se debe pasar de una religión apegada a maneras materiales, para honrar a Dios, a un culto más espiritual. Saber ir más allá de lo que cabe bajo los sentidos, para vivir bien lo que está en la profundidad del corazón, como nos recuerdan los profetas del Antiguo Testamento:

“Ustedes, pues, necesitan otra circuncisión, que es la del corazón, para que ya no le presenten una frente desafiante” (Dt 10, 16).

Emilio Grasso, El Sagrado Corazón de Jesús, plenitud de Amor y de Verdad,
Centro de Estudios Redemptor hominis (Cuadernos de Pastoral 20),
San Lorenzo (Paraguay) 2008, 28-34.

(Continúa)

 

 

 

07/07/2024